un mundo que hicimos nuestro
como jeroglíficos en las paredes
como claves inextricables para los demás
para todos menos para nosotros.
Cuando en la clandestinidad de nuestros diálogos,
esos diálogos que bordeaban la insensatez y que a oídos de todos
incluso a los míos
(y sé que a los tuyos también)
resultaban ridículos y a la vez banales,
disimulábamos la risa para no llamar la atención de quienes no nos entenderían
y a veces
sólo a veces
hacíamos partícipes a otros tantos.
Yo extraño esos días en los que cargábamos con la BURLA en la mirada
con esa presunción no del todo infundada
pero que nos gustaba sentir
intrínseca a nuestro ser.
Así éramos, así somos
(tú más que yo, pero así somos)
Y ese día
en el que te maldije TANTO
incluso ese día lo extraño
cuando venías con la culpa en la mano,
no sé si se trataba de mi habitual masoquismo
(que, por cierto, contigo descubrí)
o del placer que me producía ver tu lado ególatra de rodillas en el piso.
Extraño lo que éramos
y que de vez en cuando volvemos a ser.
Yo quería mantenerte AQUÍ
para que cuando fuera necesario
(y lo ha sido)
me dieras una bofetada a la conciencia
para que cuando mire con desgano a la ventana
me digas “¡PERRA, muévete!”
para que cuando sufra de abulia desmesurada
me recetes una dosis de sexo y me mandes a descansar.
Y aunque te diga que eres un bastardo por irte
aunque sólo te vea cuando las hojas del calendario yacen ya amontonadas en el piso
aunque intentes cambiarme por alguien más
(INTENTES, porque sabes que no podrás)
yo querré volver el tiempo y congelarlo un instante
para disfrutarlo en mayor medida
o simplemente para volver a vivirlo.
Yo quería mantenerte en mi mundo
sólo para saber que estabas allí.